martes, junio 27, 2006

Para destruir a la enemiga

Mira a la que avanza desde el fondo del agua borrando el día con sus manos,
vaciando en piedra gris lo que tú destinabas a memoria de fuego,
cubriendo de cenizas las más bella estampas prometidas por las dos caras de los sueños.
Lleva sobre su rostro la señal:
ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres,
esas sombras como de grandes alas que barren desde siempre todos los juramentos del amor.

Cada noche, a lo lejos, en esa lejanía donde el amante duerme con los ojos abiertos a otro mundo adonde nunca llegas,
ella cambia tu nombre por el ruido más triste de la arena;
tu voz, por un sollozo sepultado en el fondo de la canción que nadie ya recuerda;
tu amor, por una estéril ceremonia donde se inmola el crimen y el perdón.
Cada noche, en el deshabitado lugar adonde vuelves,
ella pone a secar la cifra de tu edad al bajar la marea,
o cose con el hilo de tus días la noche del adiós,
o prepara con el sabor del tiempo más hermoso ese turbio brebaje que paladeas en la soledad,
ese ardiente veneno que otros llaman nostalgia
y que tan lentamente transforma el corazón en un puñado de semillas amargas.

No la dejes pasar.
Apaga su camino con la hoguera del árbol partido por el rayo.
Arroja su reflejo donde corran las aguas para que nunca vuelva.
Sepulta la medida de su sombra debajo de tu casa para que por su boca la tierra la reclame.
Nómbrala con el nombre de lo deshabitado.
Nómbrala con el frío y el ardor,
con la cera fundida como una nieve sucia donde cae la forma de su vida,
con las tijeras y el puñal,
con el rastro de la alimaña herida sobre la piedra negra,
con el humo del ascua,
con la fosa del imposible amor abierta al rojo vivo en su costado,
con la palabra de poder
nómbrala y mátala.

Y no olvides sepultar la moneda.
Hacia arriba la noche bajo el pesado párpado del invierno más largo.
Hacia abajo la efigie y la inscripción:
“Reina de las espadas,
Dama de las desdichas,
Señora de las lágrimas:
en el sitio en que estés con dos ojos te miro,
con tres nudos te ato,
la sangre te bebo
y el corazón te parto”.

Si miras otra vez en el fondo del vaso,
sólo verás ahora una descolorida cicatriz cuyos bordes se cierran donde se unen las aguas,
pero pueden abrirse en otra herida, adonde nadie sabe.

Porque ella te fue anunciada en el séptimo día,
—en el día primero de tu culpa—,
y asumiste su nombre con el tuyo,
con los nombres vacíos, con el amor y con el número,
con el mismo collar de sal amarga que anuda la condena a tu garganta


Num. 12 de Los juegos peligrosos (1962)

Llega en cada tormenta

¿Y no sientes acaso tú también un dolor tormentoso sobre la piel del tiempo,
como de cicatriz que vuelve a abrirse allí
donde fue descuajado de raíz el cielo?
¿Y no sientes a veces que aquella noche junta sus jirones en un ave agorera,
que hay un batir de alas contra el techo,
como un entrechocar de inmensas hojas de primavera en duelo
o de palmas que llaman a morir?
¿Y no sientes después que el expulsado llora,
que es un rescoldo de ángel caído en el umbral,
aventado de pronto igual que la mendiga por una ráfaga extranjera?
¿Y no sientes conmigo que pasa sobre ti
una casa que rueda hacia el abismo con un chocar de loza trizada por el rayo,
con dos trajes vacíos que se abrazan para un viaje sin fin,
con un chirriar de ejes que se quiebran de pronto como las rotas frases del amor?
¿Y no sientes entonces que tu lecho se hunde como la nave de una catedral arrastrada por la caída de los cielos,
y que un agua viscosa corre sobre tu cara hasta el juicio final?

Es otra vez el légamo.
De nuevo el corazón arrojado en el fondo del estanque,
prisionero de nuevo entre las ondas con que se cierra un sueño.

Tiéndete como yo en esta miserable eternidad de un día.
Es inútil aullar.
De esta agua no beben las bestias del olvido


Num. 11 de Los juegos peligrosos (1962)

viernes, junio 16, 2006

La caída

Estatua del azul, deshabitada,
bella estatua de sal,
desconocida fatalidad adonde voy con los ojos abiertos y la memoria a ciegas:
¿eres tú quien me llama con una gran nostalgia, fuerte como el amor?
¿eres tú quien me aspira de pronto hacia la ronca garganta de los siglos?
¿eres acaso tú, incesante comienzo de mi culpa?
(¡Oh alma!, ¿adónde vas?,
¿adónde vas con las tinieblas y la luz como dos alas abiertas para el vuelo?).
Estatua del azul: yo no puedo volver.
Me exiliaste de ti para que consumiera tu lado tenebroso.
Y aún tengo las dos cara con que rodé hasta aquí, igual que una moneda;
y la piedra que anudaste a mi cuello para que fuese dura la caída;
Y la sombra que arrastro
—esta mancha de escarnio que pregona tu condena en el mundo—.
(¡Oh, sangre! ¿adónde vas?¿adónde vas como el doble de Dios y con la espada hundida en tu costado?).
Bella estatua de sal: tú no puedes llegar.

Te desterraste en mí para escarbarme con uñas y con dientes,
para cavar debajo de mi corazón esta tumba del cielo
donde caes y caes expiación hacia abajo y plegaria hacia adentro.
Reconoce la herida: mírala en todas partes.
Es la desgarrada con que habitas en todo cuanto miro,
el paraíso roto,
la señal del exilio que te lleva a partir y a volver a nacer en este mismo oficio de tinieblas,
la morada de paso para el crimen,
el pecado de muerte que te convierte en juez,
en mártir y en verdugo
hasta que se desprenda en negro polvo la mascarilla última,
esa que te recubre con la cara del hombre.

¡Oh Dios, mitad de Dios cautiva de Dios mismo!
¿Quién llama cuando llamo? ¿Quién? ¿Quién pide socorro desde todas partes?
Hay aquí una escalera,
una sola escalera sin tinieblas para el día tercero



Num. 10 de Los juegos peligrosos (1962)

Si me puedes mirar

Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en medio de un muro de fantasmas hechos
[de arcilla ciega.
Madre: tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor tiempo y la mayor distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me pierda entre las galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.
Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sahngre coagulada capaz de revivir en el más imposible
[de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que descorre la tela de otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo por no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el momento mismo en que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolvermke como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta,
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.


Num. 9 de Los juegos peligrosos (1962)

miércoles, junio 14, 2006

Para hacer tu talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca
y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías
y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo,
antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.
Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley,
más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!


Num. 8 de Los juegos peligrosos (1962)

lunes, junio 12, 2006

El adiós

La sentencia era como esos calcos en que el relieve del amor deja un vacío semejante a sus culpas.
Me arrojaron al mundo en mi ataúd de hielo.
Una tierra sin nombre todavía corrió sobre este rostro con que habito en la desconocida:
era la tierra del castigo.
Era la hora en que comienzo a despertar entre los muertos con la evidencia de un anillo roto,
un vestido de momia desprendido de las vendas del cielo
y un espejo de sal donde puede leerse mi destino.
El porvenir no es nada más que mirar hacia atrás.

Debajo de esas nubes desgarradas
hay una casa en llamasen donde los amantes trasmutaban en oro de eternidad el resplandor de un día,
o tomaban las apariencias de ladrones de pájaros
aprisionando entre los hilos del ocio las metamorfosis de sus propias imágenes.
Hay una luz dorada que hiere hasta las lágrimas;
hay un lecho también
como una barca invadida por el follaje del deseo
-unas hojas carnosas que exhalan el perfume de los más largos viajes-.
Y había siempre y nunca
como ahora vueltos de pronto boca abajo.

Corazón repudiado,
animal aterido en uno de los dos costados de tu sangre,
ignorabas entonces que tendrías la forma de un retablo de la creación hecho pedazos,
que alguna vez la noche del adiós te nombraría en voz muy baja
como nombra la soledad a sus testigos,
o como llaman aquellos que se van a los que nunca vuelven.

Ahora, de espaldas contra el muro que custodia el guardián de todo nacimiento,
sólo te quedan las apariciones,
el fantasma de un tiempo que gritará contigo en el estanque muerto de algún sueño,
cuando él duerme, tan lejos en su adiós.
Un soborno de plumas para una ley de fuego.

Num. 7 de Los juegos peligrosos (1962)

Día para no estar

.
Vete, día maldito;
guarda bajo tus párpados de yeso la mirad de lobo que me olvida mejor;
camina sobre mí con tu paso salvaje, simulando un desierto entre el hambre y la sed,
para que todos crean que no estoy,
que soy una señal de adiós sobre las piedras;
cierra de par en par, lejos de mí, tus fauces sin crueldad y sin misericordia,
como si fuera ya la invulnerable,
aquella que sin pena puede probarse ya los gestos de los otros;
y tiéndete a dormir, bajo la ciega lona de los siglos,
el sueño en que me arrojas desde ayer a mañana:
esta escarcha que corre por mi cara.
Aun así, he de llegar contigo.
Aun así, has de resucitar conmigo entre los muertos.


Num. 6 de Los juegos peligrosos (1962)

Para ser otra

.
Una palabra oscura puede quedar zumbando dentro del corazón.
Una palabra oscura puede ser el misterio de otros nombres que tuve.
Una palabra oscura puede volver a levantar el fuego y la ceniza.
.
“Matrika Doléesa,
llora por mí.
Matrika Doléesa,
vuelve por mí.
Ven a buscar el ascua del esplendor
sepultada en mi mano”.
.
Y unas ramas sobre la cabeza bastan
para desenterar una reina borrada por la plumas de un dominio salvaje.
Conservo de ese tiempo el tatuaje que deja una sombra de triste idolatría en todo cuanto toco,
una respiración de plantas sofocadas que exhalan un veneno semejante al sueño,
el puñado de piedras siemprevivas donde hierve la sangre de mis antepasados,
un poder en tinieblas encerrado por el vuelo de un pájaro
y esta máscara fúnebre que avanza desde el fondo de mi rostro cuando nadie me mira.
Entre las ceremonias del amor
ninguna comparable al matrimonio del sol y de la luna.
El sabor de los días es como un talismán que preservara del gusto de morir,
y el éxtasis y el pavor son como dos tormentas que vienen y se van
llevadas por el bostezo de una larga, larguísima pereza.
.
“Matrika Doléesa,
no llores por mí.
Matrika Doléesa,
no vuelvas por mí.
Rompe el cristal del invierno
donde guardas mis lágrimas”.
.
Y desde no sé dónde, los cabellos llorosos
anudados por unas cintas grises que despliegan un viaje de huérfana en la lluvia
vuelven con el color de la nostalgia.
He guardado ese rostro como de ramo hallado en una tumba,
un pedazo de vidrio para verme pasar embalsamada delante del cortejo de lo que nunca vuelve,
y las historias del amor o del miedo
labradas por el llanto sobre unas piedrecitas que señalan mi descenso al olvido.
Alguien llama a veces desde una casa que hunde sus raíces de arena en la distancia que llamamos nunca,
y otras veces despierto en mi memoria con el olor de los países donde nunca estuve.
Porque mi exilio está conmigo.
Cuando me alejo crezo, como las catedrales.
Quienes más me conocen me recuerdan como a una bujía apenas entrevista detrás de una ventana,
o las aparecidas que surgen desde el fondo del estanque en su ataúd de hierbas,
y llaman desde el costado de la luz a ciegas,
llaman.
.
“Darvantaran Sarolam,
junta nuestros despojos.
Darvantaran Sarolam,
búscanos la salida.
Toma el grano de trigo funerario,
tómalo desde el fondo de cada eternidad.”
.
Entonces, la que no duerme en mí
levanta la cabeza de sonámbula como una luminaria entre las colgaduras de la fiebre.
Siempre este gusto a sed,
esta mano que incendia con mi mano las grandes asambleas de la sombra,
esta mirada que no ve para mirar mejor debajo de las aguas.
Yo escarbo en mi memoria otra memoria como un desván en llamas
donde se ocultan cifras entretejidas con molduras,
enigmas disfrazados de falsos personajes de la ley,
revelaciones encubiertas con ropones de hiedra, entre restos de espejos,
poderes enmascarados por la promesa de la muerte.
Todo arde aquí, inmóvil en su envoltura inalcanzable.
Y alguien da la señal.
Las aguas suben en una estría azul que rompe las paredes.
Voy a poder mirar.
Voy a desenterrar la palabra perdida entre las ruinas de cada nacimiento.
.
¿Y este nombre secreto con que me nombran todos y se nombran?
Ya soy ajena en mí,
pero es este mundo entero quien emigra conmigo
como un solo organismo arrebatado de cada cautiverio, de cada soledad,
por esa bocanada de las grandes nostalgias.
Y de pronto, ¿este desgarramiento,
esta palpitación en medio de la noche que corta su atadura en la vena más honda de la tierra,
este fondo de barca que asciende sobre un lecho de plumaje celeste,
este portal aún entre la niebla,
este recuerdo del porvenir desde el comienzo de los siglos?
¿Quién soy? ¿Y dónde? ¿Y cuándo?


Num. 5 de Los juegos peligrosos (1962)

Repetición del sueño

.
Como una criatura alucinada
a quién ya sólo guiara la incesante rotación de la luna entre los médanos,
o como un haz de mariposas amarillas sumergidas por el farol de las tormentas
en el vértigo del miedo y de la oscuridad,
o quizás más aun como la ahogada que desciende hasta el fondo del estanque
girando con un lento remolino del adiós,
así voy convocada, sin remedio,
hasta alcanzar mi sombra de extranjera en la niebla,
hasta pasar los muros que llevan paso a paso ala condena,
hasta entrar en la noche en que el malhechor asume las apariencias del sueño
para mejor herir sin ningún desafío.
Ese es mi más allá tras la única puerta que se abre cada día hacia la misma jaula
en donde la costumbre grazna sobre sus alimentos de naufragio.
.
Él me espera vestido de terciopelo negro,
envuelto por la dulce pesadumbre del duelo que no llega jamás,
y su rostro vacío, fundiéndose en la nieve dorada de otro tiempo,
exhala una luz muerta,
un fulgor como de viejas lágrimas guardadas para la acusación.
.

Yo me acerco a través de esos relampagueantes espejismos de ayer que me anuncian una vez más

[mi propio sacrificio,

pero debo llegar
igual que un personaje prometido por las mareas del pasado para un día cualquiera,
a la hora azul pálido de las inmolaciones,
hasta un lugar que ahora es del sueño que se pierde conmigo y nadie sabe.
Porque ahora él separa con este solo golpe de cuchillo la envoltura del mundo
y abre de par en par los grandes cielos de las transformaciones.

.
Sin embargo, esta herida del corazón por donde salgo,
estas gradas sin fin por donde ruedo con la velocidad de la distancia,
estas aguas que giran y se aquietan de pronto para cristalizar en una sombra igual a mi destino,
me conducen de nuevo a la cárcel de espejos que arroja cada noche a la noche en que muero.
.
Aunque nada me diga al despertar que yo sea yo misma.



Num. 4 de Los juegos peligrosos (1962)

sábado, junio 03, 2006

No hay puertas

Con arenas ardientes que labran una cifra de fuego sobre el tiempo,
con una ley salvaje de animales que acechan el peligro desde su madriguera,
con el vértigo de mirar hacia arriba,
con tu amor que se enciende de pronto como una lámpara en medio de la noche,
con pequeños fragmentos de un mundo consagrado para la idolatría,
con la dulzura de dormir con toda tu piel cubriéndome el costado del miedo,
a la sombra del ocio que abría tiernamente un abanico de praderas celestes,
hiciste día a día la soledad que tengo.

Mi soledad está hecha de ti.
Lleva tu nombre en su versión de piedra,
en un silencio tenso donde pueden sonar todas las melodías del infierno;
camina junto a mí con tu paso vacío,
y tiene, como tú, esa mirada de mirar que me voy más lejos cada vez,
hasta un fulgor de ayer que se disuelve en lágrimas, en nunca.

La dejaste a mis puertas como quien abandona la heredera de un reino del que nadie sale

[y al que jamás se vuelve.
Y creció por sí sola,
alimentándose con esas hierbas que crecen en los bordes del recuerdo
y que en las noches de tormenta producen espejismos misteriosos,
escenas con que las fiebres alimentan sus mejores hogueras.

La he visto así poblar las alamedas con los enmascarados que inmolan al amor
-personajes de un mármol invencible, ciego y absorto como la distancia-,
o desplegar en medio de una sala esa lluvia que cae junto al mar,
lejos, en otra parte,
donde estarás llenando el cuenco de unos años con un agua de olvido.
Algunas veces sopla sobre mí con el viento del sur
un canto huracanado que se quiebra de pronto en un gemido en la garganta rota de la dicha,
o trata de borrar con un trozo de esperanza raída
ese adiós que escribiste con sangre de mis sueños en todos los cristales
para que hiera todo cuanto miro.

Mi soledad es todo cuanto tengo de ti.
Aúlla con tu voz en todos los rincones.
Cuando la nombro con tu nombre
crece como una llaga en las tinieblas.

Y un atardecer levantó frente a mí
esa copa del cielo que tenía un color de álamos mojados y en la que hemos bebido el vino
[de la eternidad de cada día,
y la rompió sin saber, para abrirse las venas,
para que tú nacieras como un dios de su espléndido duelo.
Y no pudo morir y su mirada era la de una loca.

Entonces se abrió un muro
y entraste en este cuarto con una habitación que no tiene salidas
y en la que estás sentado, contemplándome, en otra soledad
semejante a mi vida.



Num. 3 de Los juegos peligrosos (1962)

Espejos a distancia

I

Tú, testigo tan implacable y fiel como la piedra al sol del mediodía,
búscame en algún sitio donde sea más fuerte que el sabor del tiempo,
Tráeme desde algún lugar donde las aguas del diluvio hayan bajado,
Y yo esté allí aún,
envuelta con el manto de los invulnerables
después de toda prueba.

Y es como una burbuja desprendida de la espuma del cielo.
Veo abierta de par en par una ventana sólo para salir a la intemperie,
sólo para seguir este reguero de migajas sombrías que lleva hasta la muerte.
Veo un jardín inmenso sepultado en la huella de una pata de pájaro.
Y la casa que crece entre los sueños con raíces de locura furiosa,
la casa que simula a la distancia navíos y combates,
se ha levantado y anda debajo de la arena.
Veo unas gradas en las que retumba la cabeza del miedo
–olas, galope y trueno–,
cercenada de pronto por el primer cuchillo que guardo en la nostalgia.
Cae, cae conmigo hasta el regazo.
¡Oh piedad! ¡Oh sangre siempre insomne del corazón materno,
lúcida como la hierba me has guardado!
Y yo tengo en los ojos el tamaño de lo irrecobrable.
Soy apenas ese fulgor del oro perdido que cualquiera puede mirar desde sus propias lágrimas.

II

Tú, ladrón de la gloria y la miseria,
merodeador de tantas escenas
que se encienden después igual que un talismán en el fondo del alma,
desentierra el lejano amor del huésped,
ábreme las cavernas donde fui arrebatada con ese brillo de ascua,
déjame contemplar en la nostalgia de esas vivas estatuas que miran hacia atrás.

Y es un vapor que sube desde cada caldera donde me están hirviendo,
un vaho de salvajes corazones en el ritual del hambre,
un humo de expiación que asciende desde el fin de toda hoguera.
¿Quién era yo, desnuda, bajo esos velos de eternidad tejidos por la sed en el palacio de los espejismos?
Cara de cuenco blanco, hecha para beber el ácido brebaje del olvido:
no me puedo mirar.
¿Quién era yo en un lecho con orillas de río, en una barca en llamas que corría más allá del abismo?
Cara de cuenco rojo, roída por los dientes veloces del deseo:
quienquiera que te vio te ha perdido entre mil.
¿Quién era yo con una piedra de inocencia en cada mano para ahuyentar las invencibles sombras?
Cara de cuenco negro, trizada por el golpe del engaño:
nadie ha quedado en ti.
¿Quién era yo?
¿Quién era, puñado de cenizas?

III

Tú, cómplice de la rampa del abismo,
con ese brillo de ángel caído entre dos mundos,
ilumina este rostro que pugna por asomar desde mi nacimiento,
muéstrame a la que mide con mirada de siglos la distancia que me aparta de mí,
a la que marca con un tatuaje fúnebre todo cuanto me habita,
lo mismo que una herida.

Y es como una bujía que asciende desde el fondo del estanque.
Hay un fulgor de verde venenoso,
Una luna que avanza como la emanación de vegetales milenarios.
Ella pega sus mejillas de reina leprosa contra el cristal del invernáculo.
-Carne desconocida,
carne vuelta hacia adentro para sentir pasar el arenal del mundo,
carne absorta, arrojada a la costa por el desdén del alma-.
Yo no entiendo esta piel con que me cubren para deshabitarme.
No comprendo esta máscara que anuncia que no estoy.
¿Y estos ojos donde está suspendida la tormenta?
¿Esta mirada de ave embalsamada en mitad de su vuelo?
¿He transportado años esta desolación petrificada?
¿La he llevado conmigo para que me tapiara como un muro la tierra prometida?
Entonces, este cuerpo, ¿habrá estado alguna vez tan lejos de la vida
Como ahora está lejos de su muerte?
Sin embargo la tierra en algún lado está partida en dos;
En algún lado acaba de cambiarse en una cifra inútil sobre las tablas de la revelación;
en algun lado,
donde yo soy a un tiempo la esfinge y la respuesta.
Que se calle mi nombre en esa boca como en un sepulcro.
Voy a empezar a hablar entre los muertos.
Voy a quedarme muda.



Num. 2 de Los juegos peligrosos (1962)

La cartomancia

Oye ladrar los perros que indagan el linaje de las sombras,
óyelos desgarrar la tela del presagio.
Escucha. Alguien avanza
y las maderas crujen debajo de tus pies como si huyeras sin cesar y sin cesar llegaras.
Tú sellaste las puertas con tu nombre inscripto en las cenizas de ayer y de mañana.
Pero alguien ha llegado.
Y otros rostros te soplan el rostro en los espejos
donde ya no eres más que una bujía desgarrada,
una luna invadida debajo de las aguas por triunfos y combates,
por helechos.

Aquí está lo que es, lo que fue, lo que vendrá, lo que puede venir.
Siete respuestas tienes para siete preguntas.
Lo atestigua tu carta que es el signo del Mundo:
a tu derecha el Ángel,
a tu izquierda el Demonio.

¿Quién llama?, ¿pero quién llama desde tu nacimiento hasta tu muerte
con una llave rota, con un anillo que hace años fue enterrado?
¿Quiénes planean sobre sus propios pasos como una bandada de aves?
Las Estrellas anuncian el cielo del enigma.
Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara
porque su luz es de otro reino.
Y aún no es hora. Y habrá tiempo.

Vale más descifrar el nombre de quien entra.
Su carta es la del Loco, con su paciente red de cazar mariposas.
Es el huésped de siempre.
Es el alucinado Emperador del mundo que te habita.
No preguntes quién es. Tú lo conoces
porque tú lo has buscado bajo todas las piedras y en todos los abismos
y habéis velado juntos el puro advenimiento del milagro:
un poema en que todo fuera ese todo y tú
—algo más que ese todo—.
Pero nada ha llegado.
Nada que fuera más que estos mismos estériles vocablos.

Veamos quién se sienta.
La que está envuelta en lienzos y grazna mientras hila deshilando tu sábana
tiene por corazón la mariposa negra.
Pero tu vida es larga y su acorde se quebrará muy lejos.
Lo leo en las arenas de la Luna donde está escrito el viaje,
donde está dibujada la casa en que te hundes como una estría pálida
en la noche tejida con grandes telarañas por tu Muerte hilandera.
Mas cuídate del agua, del amor y del fuego.

Cuídate del amor que es quien se queda.
Para hoy, para mañana, para después de mañana.
Cuídate porque brilla con un brillo de lágrimas y espadas.
Su gloria es la del Sol, tanto como sus furias y su orgullo.
Pero jamás conocerás la paz,
porque tu Fuerza es fuerza de tormentas y la Templanza llora de cara contra el muro.
No dormirás del lado de la dicha,
porque en todos tus pasos hay un borde de luto que presagia el crimen o el adiós,
y el Ahorcado me anuncia la pavorosa noche que te fue destinada.

¿Quieres saber quién te ama?
El que sale a mi encuentro viene desde tu propio corazón.
Brillan sobre su rostro las máscaras de arcilla y corre bajo su piel la palidez de todo solitario.
Vino para vivir en una sola vida un cortejo de vidas y de muertes.
Vino para aprender los caballos, los árboles, las piedras,
y se quedó llorando sobre cada vergüenza.
Tú levantaste el muro que lo ampara, pero fue sin querer la Torre que lo encierra:
una prisión de seda donde el amor hace sonar sus llaves de insobornable carcelero.
En tanto el carro aguarda la señal de partir:
la aparición del día vestido de Ermitaño.
Pero no es tiempo aún de convertir la sangre en piedra de memoria.
Aún estáis tendidos en la constelación de los Amantes,
ese río de fuego que pasa devorando la cintura del tiempo que os devora,
y me atrevo a decir que ambos pertenecéis a una raza de náufragos que se hunden
[sin salvación y sin consuelo.
Cúbrete ahora con la coraza del poder o del perdón, como si no temieras,
porque voy a mostrarte quién te odia.
¿No escuchas ya batir su corazón como un ala sombría?
¿No la miras conmigo llegar con un puñal de escarcha a tu costado?
Ella, la Emperatriz de tus moradas rotas,
la que funde tu imagen en la cera para los sacrificios,
la que sepulta la torcaza en tinieblas para entenebrecer el aire de tu casa,
la que traba tus pasos con ramas de árbol muerto, con uñas en menguante, con palabras.
No fue siempre la misma, pero quienquiera que sea es ella misma,
pues su poder no es otro que el ser otra que tú.
Tal es su sortilegio.
Y aunque el Cubiletero haga rodar los dados sobre la mesa del destino,
y tu enemiga anude por tres veces tu nombre en el cáñamo adverso,
hay por lo menos cinco que sabemos que la partida es vana,
que su triunfo no es triunfosino tan sólo un cetro de infortunio que le confiere el Rey deshabitado,
un osario de sueños donde vaga el fantasma del amor que no muere.

Vas a quedarte a oscuras, vas a quedarte a solas.
Vas a quedarte en la intemperie de tu pecho para que hiera quien te mata.
No invoques la Justicia. En su trono desierto se asiló la serpiente.
No trates de encontrar tu talismán de huesos de pescado,
porque es mucha la noche y muchos tus verdugos.
Su púrpura ha enturbiado tus umbrales desde el amanecer
y han marcado en tu puerta los tres signos aciagos
con espadas, con oros y con bastos.
Dentro de un círculo de espadas te encerró la crueldad.
Con dos discos de oro te aniquiló el engaño de párpados de escamas.
La violencia trazó con su vara de bastos un relámpago azul en tu garganta.
Y entre todos tendieron para ti la estera de las ascuas.

He aquí que los Reyes han llegado.
Vienen para cumplir la profecía.
Vienen para habitar las tres sombras de muerte que escoltarán tu muerte
hasta que cese de girar la Rueda del Destino



Num. 1 de Los juegos peligrosos (1962)

"Los juegos peligrosos" (1962)

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En la década de los sesenta la carrera literaria de Olga Orozco se precipita: publica su tercer libro de poemas, Los juegos peligrosos (1962), gana el "Primer Premio Municipal de Poesia" (1962) y empieza a viajar por todo el mundo. Se había casado por tercera y última vez en 1965 con el arquitecto Valerio Peluffo, con el que encontrará eso que se suele llamar la estabilidad sentimental (su matrimonio duraría hasta la muerte de éste en 1990, en total 25 años); con él viaja a Brasil y México, así como a varios países europeos, gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes y del gobierno italiano. Durante nueve meses, Olga cumple uno de sus sueños más codiciados, visitar España, Grecia, Francia, Suiza e Italia. Con Valerio, al que dedicará el poema “En la brisa, un momento” en 1990, compartía la pasíon por la mistica, la magia y todo lo extra-sensorial.
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Componen el tercer libro 18 poemas, con los títulos siguientes: La cartomancia (1), Espejos a distancia (2), No hay puertas (3), Repetición del sueño (4), Para ser otra (5), Días para no estar (6), El adiós (7), Para hacer un talismán (8), Si me puedes mirar (9), La caída (10), Llega en cada tormenta (11), Para destruir a la enemiga (12), Entre perro y lobo (13), Sol en Piscis (14), Habitación cerrada (15), En donde la memoria es una torre en llamas (16), Feria del hombre (17) y Desdoblamiento en máscara de todos (18).
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Los juegos peligrosos es el libro de lo esotérico y lo místico, la obra donde Olga Orozco mejor va a plasmar algunas de sus más queridas afinidades: la cartomancia, la magia y la astrología, inquietudes que la habían acompañado desde niña:

“Pensaba de chica que todos teníamos un sentido más que no residía en ningún órgano y que nos hacía prever cosas. Cuando me di cuenta de que no era así, me asusté un poco. Lo sobrellevé. Yo decía, por ejemplo: "Hoy por la tarde va a venir la tía Margarita en el auto y va a traer una muñeca para mi". Mi madre me respondía: "Tu tía no está en Telén y no puede venir". Por la tarde, mi tía llegaba en el coche con el regalo. Aprendí a tirar el tarot con una señora italiana de Bahía Blanca, cuando tenía trece años. Era una mujer que le hacia los sombreros a mamá. Una vez hizo que yo levitara y una hermana que me había acompañado le contó a mis padres. Se acabaron los sombreros y el tarot.”
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En los poemas de este libro se ensamblan talismanes, se desarman hechizos, se invocan ensalmos... Como dice Manuel Ruano, “el libro es un verdadero pronunciamiento entre el mundo real y el mundo invisible”, con engarces a lo surrealista -estilo Breton-, un pronunciamiento sin duda arriesgado, como los tiempos que a todos nos estaba tocando vivir. La factura del poema se torna ahora quebradiza porque, como todo el mundo sabe desde Baudelaire y Nerval, las incursiones en este género de temas suele ser aventuradas, peligrosas como el filo de una espada. Hay que decir que esa exploración de las zonas más intangibles de la realidad (presente en toda la obra orozquiana desde los primeros momentos), no había llegado sin embargo a los límites que alcanzaría en este libro de 1962 : Olga se atreve con los abismos del alma, acosa a la oscuridad espiritual, intenta la incursión en el delirio, la alucinación y el misterio.
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“Siempre creí que nuestra mente no está hecha para traspasar la barrera del misterio, salvo por un salto. Ese salto he intentado darlo a través de la fe. Durante mucho tiempo ejercité el ocultismo a la par que escribía. Pero lo abandoné porque me pareció que servía muy poco. Era una especie de demostración ilusoria de omnipotencia. Uno convoca potestades para cambiar el mundo, pero eso no conduce a ningún perfeccionamiento interior; en cambio, la religión el misticismo exigen que el alma tenga una ascesis y se entregue. Poco a poco me fui inclinando por ese camino."
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Edelweiss Sierra, comentando esa búsqueda antológica y metafísica, recalca como Olga Orozco no resiste la tentación “de aventurarse en pos de lenguajes de los desconocido” : los poemas de Los juegos peligrosos llaman la atención del lector gracias al recurso constante a la astrología y la alquimia, a los signos del Tarot y el pensamiento gnóstico, al baile de juegos -a cada cual más varipinto- con espejos, conjuros y rituales, a las máscaras y los muertos invocados, a las transmigraciones y exorcismos, etc.
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“En estos poemas de vértigo y fascinación nuestra poeta somete a prueba la infinita capacidad de la lengua al engendrar la malla inconsútil de un modo poético sonámbulo y lúcido a la vez”.
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En los dos primeros libros (sobre todo en Desde lejos), Olga ha utilizado preferentemente elementos naturales para construir su visión paradisíaca de la realidad, casi siempre asociados a su jardín (las nubes, el cielo, los árboles, la lluvia, las flores, etc.). Como muy certeramente ha indicado Julieta Gómez Paz, esos mismos elementos se “simbolizarán” en Los juegos peligrosos, pasando a adquirir la forma de las cartas del Tarot, una práctica similar a la que llevó a cabo Nerval en sus sonetos. El desplazamiento lírico es tremendamente eficaz: nuestra autora “se vale de unos y otros emblemas de la misma manera, porque mundo vegetal y cartomancia son equivalentes”.
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Como dijo en cierta ocasión a Marco A. Campos para el diario La Jornada Semanal, Olga cree en la poesía como una apuesta a todo o nada..., igual que la religión (“el hecho de pensar en Dios, si lo veré o no, es ya estársela jugando”). Desde siempre la cartomancia, los dados y los asuntos relacionados con el ocultismo fueron muy importantes para ella, una manera de “transgredir la realidad, de sentir que a través de ese tipo de juegos pasaba por encima del aquí y del ahora, de las leyes de causa y de efecto, que es un estrechamiento y una limitación”.
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Por supuesto, ello no quiere decir que abandone los temas familiares, ni las metafóras ya habituales en su poesía (puertas, espejos, estrellas, ruedas, etc). Digamos que, en cierto modo, los somete a un tratamiento específico más directo, más visual, y que no por casualidad coincide en el tiempo con la composición de la mayoría de los relatos de La oscuridad es otro sol (que se publicará en libro cinco años después, en 1967), del que hablaremos en otro lugar. De este libro de cuentos, centrado en la infancia de Olga, se pueden extraer muchas de las claves que nos permiten entender las referencias onírico-mágicas de los poemas de Los juegos peligrosos: las tijeras para unir, la casa que se desplaza, los difraces y juegos con la personalidad (una de las pasiones de Olga desde niña), las piedras-talismanes, los visitantes nocturnos del sueño, los ídolos mágicos (como la Reina Genoveva), los juegos de espías (Olga era “DGT 4”, esto es, “Dios Te Guarde, numero 4.., la Aparecida”), la simbología esotérica asociada a las actitudes, miradas y gestos de los otros miembros de la familia y los amigos de Toay (los padres, la criada italiana Nanni, las dos hermanas –Laura y María de las Nieves-, la abuela, su amado Miguel, Encarnación –la curandera-, la enloquecida Lora, etc.).
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En estos cuentos, lógicamente, la propia circunstancia narrativa ofrece más posibilidades a la expresión y el desarrollo de los temas que la obligada concisión y la economía de medios del poema. Pero el resultado es el mismo, pues, como ha dicho Adolfo Castañón, en Olga Orozco “prosas y poemas abren un espacio de alusiones y complicidades recíprocas. Arman unas “tijeras para unir” [-por ejemplo-] como si la tapicería tramada por los poemas pudiera enmarcarse y enfocarse al ser tendida sobre los bastidores de la narración. Se da entre poesía y relato un léxico de afinidades, para decirlo con el título de la uruguaya Ida Vitale, entre cuyos poemas y prosas se constata un péndulo comparable”.
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Como confesaba a Manuel Ruano, la propia Olga tenía “un comportamiento animista en su cotidianidad”, un comportamiento al que difícilmente podía sustraerse porque era el magma que impregnaba casi toda su obra:
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“La magia, de un modo u de otro, se ha infiltrado en mi casa en todos los rincones. Está en los rituales con que dispongo los zapatos para que mis pasos no se traben, en la intención con que preparo comidas para beneficiar a mis amigos, en las negras imágenes que dejo correr con el agua hacia el desaguiadero y hasta en la ráfaga de felicidad que envío a la distancia soplando colores fantásticos.”
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La métrica de los poemas de este tercer libro es idéntica a la de los dos anteriores: el verso sigue siendo libre y de extensión larga y anárquica (el poema más largo tiene 112 versos y el más corto, 13), la estética recuerda a esa especie de salmodia imposible que ya conocemos (y que sabemos que no se refiere exclusivamente a la literatura bíblica) y el soporte lírico preferentemente musical y, por así decirlo, mono-dialógico (partiendo de sus recuerdos infantiles, Olga siempre habla consigo mismo o con sus semejantes de entonces).
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Los juegos peligrosos fue uno de los libros favoritos de su autora y ésta no se recataba a la hora de confesarlo a todo el mundo, como para indicar a quien quisiera entenderla, que en él estan recogidas todas y cada una de las claves que, a la postre, van a resultar imprescindibles para la comprensión de su universo poético. A finales de la década de los sesenta, justamente tras la publicación en libro de los relatos de La oscuridad es otro sol (que años antes habían aparecido en revistas y diarios), nuestra autora se convirtió en toda una celebridad literaria y mediática en parte gracias a la originalidad de la temática que se traslucía en su obra, “como sacerdotisa de un lejano Eleusis pagano”. Sus intervenciones en la radio (no olvidemos que también se ocupada de las secciones de cartomancia, tarot y horóscopo) y la popularidad adquirida en los medios teatrales no hicieron sino acrecentar la fama de “poeta que echa las cartas de Tarot y comprende todo lo pasado y lo futuro”. Dejamos para más adelante el análisis pormenorizado de todas esas referencias temáticas que habitan sus poemas.
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Cuenta Olga a Manuel Ruano en una entrevista que durante un viaje a Africa su marido compró unas máscaras africanas "trascendidas" (saturadas de espíritus), cuyas imágenes impregnadas le provocaron pesadillas que no la dejaban dormir. Afortunadamente conocía el exorcismo para liberarlas y a partir de ese día colgaban, inofensivas, de las paredes de su casa. Con respecto a la costumbre de echar las cartas, confiesa:
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"Dejé de tirar el tarot después de un sueño admonitorio: me encontraba en un anfiteatro donde se me juzgaba; de las graderías se levantaba gente de distintas épocas: un gladiador romano, una dama griega, un señor renacentista y todos me reprochaban haberles prometido en otras vidas cosas que no se hablan cumplido. Me desperté cuando el juez iba a bajar la mano para condenarme."