domingo, mayo 11, 2008

La imaginación abres sus vertiginosas trampas

Ahora entre tú y yo hay un mantel rasgado
-el albatros doméstico abatido en mitad de su inocente vuelo-
que adquiere de repente la forma de un glacias,
una casa que avanza con las lices trizadas y un cuchillo clavado en el costado,
y se funde y no es más que un reguero miserable de lágrimas
sin reversión y sin destino,
sin ningún tribunal al que apelar como no sea el juicio de la muda intemperie
-¿y para qué? ¿y para quién la indignidad de un centro sobre tierras baldías?-,
y en que aún es posible distinguir,
separando las nieblas afanosas de los últimos años,
escenas que iluminaron como lámparas los rincones del alma
con un fulgor insomne que será en adelante la inextinguible luz de la condena
dondequiera que me acompañe la tiniebla,
dondequiera que husmeen nuestros perros huellas de paraísos ya perdidos,
osarios indefensos del amor,
como en esas ciudades fundadas cada vez sobre la sal de nuestros sacramenos,
aquellas que venían a ver salir el sol en nuestro pan y la luna en nuestro vino,
y que alzan, aquí, ahora, entre los dos,
sus bellísimos rostros mutilados por el rayo implacable de la extremaunción,
esos muros que corren deslizando la sombra de un abrazo hacia nunca jamás,
a lo largo de calles que son en este día calles para salir,
sólo para salir irremisiblemente,
lo mismo que aquel negro laberinto en torno de la fuente de Viterbo,
el anuncio sombrío,
como la floración errónea de un jardín
o la ráfaga de murciélagos triunfando sobre un ciclón de cartas desgarradas
que exhalan todavía un sollozo final que fue canción,
antes de consumirse en ese pentecostés con llamas de exterminio
-¡tanta alquimia al revés!-
y caer como cae una llovizna de oro trasmutada en cenizas y en adios
en estas habitacioens donde tan sólo bajan las mareas
arrastrando monedas desgastadas,
objetos que perdieron definitivamente su nombre y su sentido,
despojos imprecisos atados con las guirnaldas rotas de la fiesta
-todo lo que ya es inventario de polvo, reclamo de naufragio,
allá, en las canteras vertiginosas de la resurrección-,
alrededor de unas inciertas ropas confundidas que se inflan de pronto
y dejan escurrir nuestros cuerpos de arena por la desgarradura de este mismo mantel,
irreparable para siempre, desde ahora.


Num. 12 de Mutaciones de la realidad (1979)

martes, abril 22, 2008

Los reflejos infieles

Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.
Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;
mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos y emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes de una sola noche.
Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego.
Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la memoria del espejo;
algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves.
Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una historia sin paz y sin costumbres:
un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.
Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata sin fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada en el hueco de la separación.
Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia.
Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa en el álbum los ambiguos retratos,
se inscribió la señal de una misma condena:
mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede.
El obstinado error frente al modelo.
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Num. 11 de Mutaciones de la realidad (1979)

domingo, abril 13, 2008

Crónica entre dos rios

A mi hermano Francesco Stella
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En Río de Janeiro
-¡triste río de enero cuando arroja mis lágrimas en el opuesto julio-
me dio un vuelco la mitad de la sangre
al absorver la tinta áspera de tu muerte.
Y empecé a caminar entre dos ríos que mezclaban sus aguas:
uno que iba extrayendo mansamente, como un perro amarillo,
residuos de vergüenzas y aventuras, fuegos decapitados y oros muertos,
y otro que te traía con su salto de tigre azul desde el Tirreno,
herido por el puñal de tu pequeña gesta, todavía,
todavía sonriendo heróicamente bajo los pocos soles del encuentro.
Llegabas desde atrás de la memoria, probándote las sombras de mi añoranza ciega.
Aferrado a tu isla de terremotos, almendros e invasiones,
entraste rezongando con el siglo por la mañana inmóvil
en el antiguo Sao Joao del Rei, el que perdió su nombre,
y entre las dos hileras de bostezos con que las casas siguen el cabeceo de las cuestas
en las que tropezó la sonámbula historia fatalmente,
eras también el que perdió su nombre en un encrucijada del azar,
el que anduvo confuso por esos laberintos de la infancia,
sin acertar jamás con las verdaderas puertas.
Creciste con las barcas que se van sobre los matorrales de una plaza,
tan irreal y tan rústica como un sueño de cabra.
Creciste solitario, como una estría blanca en la escollera,
junto a los niños negros que venían en una ráfaga erizada a recoger la ofrenda;
las dieciseis enigmáticas monedas que según la sibila exigieron sus dioses
-¿tú les dictaste acaso la sentencia, para hacerme una seña?-:
si, dieciséis monedas
-una por cada año que cayó compartido en la rota alcancía del recuerdo-.
Tus manos recordaron la primera moneda del destino:
yo conocí la cara entre las caras; tú, solamente el reverso.
A través de los vidrios del mesón tu aliento se esforzaba por deshacer la niebla;
después tomamos sopa con la misma cuchara,
la misma sal amarga en la garganta
y distinta obediencia.
Firmamos en el libro de un museo tan pobre como un desván salvado del incendio;
tú, con el apellido que fue una marca errónea en tu corteza;
yo, con el de mi madre, el que había elegido como un traje para mis ceremonias
haciendo frente a tí un voto de soberbia o de pobreza, sin saberlo.
En seguida te alzaste con tu joven plumaje, cálido y tormentoso,
arrabatando en vuelo las ninfas de una arcadia más radiante
que aquella que aleteaba con insomnios de monje en las pinturas de los cielorrasos.
Descendiste ya hombre hacia el camino de los bandeirantes
defendiendo contra los latigazos del siroco la luz de tu bandera,
y seguiste sin duda por un atajo subterráneo el rumbo de las minas,
detrás del eco traicionero.
Fueron también las décadas del topo,
de los granos dorados rodando hacia los agujeros del delirio,
de la veta que huye en las tinieblas como los horizontes de la fábula
-sueños, codicia, triunfos, engaños, frustraciones-.
Desde lejos te ví labrado en las alturas del Itacolomi
con tu aire friolento y esa extraña apariencia de dominar las nubes.
Cuando entré en Ouro Preto, Capo d¡orlando desbordó las calles
y estableció tu casa en cada casa, detrás del humo de mis trenes.
Entonces cada portal nos puso frente a frente
en el primer umbral por el qeu sube ahora la memoria, dondequiera que estemos:
eras casi otra vez el mismo padre en tu versión nostálgica,
otra vez esas aguas de distancia en la mirada azul que llega poco a poco y se detiene,
otra vez esos gestos de romper la envoltura sin ninguna paciencia,
otra vez la sonrisa que desplaza prolijamente las arenas,
otra vez esas manos que se abren y se cierran alrededor de la oropéndola inasible,
¿y ese aspecto de juez sombrío entre ladrones?
Desplegamos después de cada viaje el mapa de los años perdidos en los años
y recorrimos juntos nuestras dos epopeyas,
como ahora la del brillo y los huesos, la de la libertad y la sangre.
Zonas desdibujadas, pasos interrumpidos, señalas que se borran,
etapas que desembocan como estas extensiones en el Rio das Mortes.
En el Museo de la Inconfidencia destapamos tu caja de retratos:
hubo un vaho de invierno embotellado,
algo como un zumbido de insecto entre dos vidrios,
como un temblor de estambres en el reseco herbario de otro tiempo.
Pasamos entre reliquias, estandartes del fasto y anchos biombos de sombras,
pasamos por intrigas, prisiones, cobardías, infamias y tortuas,
hasta llegar a las catorce lápidas sin muertos,
a los trece nombres que fueron cruces blancas sobre la máscara escarlata del destierro
y al que fue borroneado por los compañeros y desmembrado por los enemigos
-sus letras estampadas con lacre incandescente sobre los desvaríos de la reina loca-,
el elegido para resumir las culpas y detallar los martirios.
Conspirabas ¿con quién? en los subsuelos del silencio.
Fuera, en el sitio donde Joaquim José da Silva Xavier se alza de cuerpo entero
-la visionaria cabeza en su lugar.
y sus trozos dispersos unidos otra vez por la diligente costura de la gloria-,
te sacaste el sombrero, ajustaste los lazos de tu corbaba Lavallière
y dejaste caer desde tu ojal el clavel encarnado:
ese ostentoso grito con que abrías la parquedad de tus mañanas.
Iglesia tras iglesia
(¡tan luego tú, el misionero ateo, peregrino por estas colonias de San Pedro!),
entre pilares enroscados y columnas griegas,
entre asfixias de follaje caliente y bocanadas de aérea geometría,
ruina y perduración,
contemplamos la acre lucides de Agrigento, de Siracusa y de Taormina.
Oro negro, oro blanco y oro corrompido
poblaban con imágenes piadosas la selva del barroco, sus delirios,
escondiendo los mismos misterios dolorosos bajo las gruesas capas esculpidas,
bajo las vestiduras flotantes que delatan una tormenta oculta entre los pliegues.
Tú encubrías tus males como lastimaduras hacia adentro,
y aun frente a los santos que fueron contrabandistas o emisarios
a través de las pequeñas puertas abiertas y cerradas en su propia sustancia
-caladas como frutas en medio de la espalda-
me hablabas de otras trampas que aquellas que no fraguan los tejidos.
Recorrías antiguas aventuras, hasta que un pájaro cortó en dos la tarde.
Entonces recordaste amores imposibles,
separaciones como ligaduras,
años en blanco como llagas blancas,
murallas sin salida como el mar que separó a Marília y a Gonzaga.
¡Ah, pero tú también cubríste las hambrientas distancias con otra Juliana de Mascarenhas
que restañaba heridas, deslizaba en tu pan el titánico sabor de la costumbre
y bruñía los vidrios empañados para hacer hasta el fin un solo espejo!
Las nubes dibujaron dos fantasmas helados;
solamente uno miraba hacia abajo.
Por las bruscas laderas de Santa ifigênia trepamos a los riscos de San Malò,
y en ese duro puño del normando que mató el verdor retuvo los pedruscos
encontramos cerrada con hierros y cerrojos la casa del abuelo;
pero en la pila donde se cosmagró de nuevo Chico Rei rey del Congo con su corte de fiesta,
donde las negras esclavas escurrían las chispas prodigiosas de su cabelleras
y donde ahora bebían las palomas perdidas y lavaban sus lutos sicilianos las mujeres,
depositamos tu ramito de fresías, mi ramo de azaleas.
Al bajar, cada fuente nos susurró la fábula de los diamantes
que corrían antaño entre la hierba: había que apartar las lágrimas solamente.
Te conmovieron igual que la inocencia esos torpes errores del latín;
me conmovió como una infantil caligrafía en un viejo cuaderno
tu desacierto acerca del porvenir de mi país y el pasado de Francia.
¡Siempre esa rara mezcla de señor feudal y de revolucionario a la intemperie!
Yo nada sabía de todo lo qeu no fuera estirpe de los ángeles y dinastías de la espuma.
Yo tenía cinco años, como siempre:
me diste una manzana y un guijarro pintado por el ocio de mi Dios en tus acantilados.
Cuando volví la cara hacia Ouro Preto
tu bufanda flotaba con el adiós del humo en los andenes,
detrás de tantas cartas que llegaron, urgentes como el redoble del granizo,
como si quisieras nivelar el tiempo, cobrarle viejas deudas,
reducir a ceniza sus osarios, cambiarlos por canteras de último momento.
Me estabas esperando en esa madrugada de Congonhas do Campo desde hacía cuatro años.
Con tu capote gris parecías un pájaro aterido revoloteando bajo sobre la plataforma.
Subimos y subimos junto a los precipicios hasta la olla hirviente de tu Etna
y escuchamos su voz de Antiguo Testamento en las palabras de los doce profetas
que levantan la cólera sagrada, la piedad o el lamento,
con la piedra de fuego o la piedra de miel debajo de la lengua,
a través de unos bloques de eternidad arrancados del terremoto de los cielos,
arrancados con uñas y con dientes por el Aleijandinho,
con las uñas que le incrustó el fervor sobre las mordeduras de la lepra.
Al pie de esos vigías sobrenaturales que separan dos reinos,
el de la salvación y el del exterminio,
estaban inscritas las advertencias de la Ley, en su dura materia.
Hiciste la traducción a tus propios consejos, tus propios argumentos,
con la vieja costumbre de tapiar ciegamente la fortaleza de tu clan
y abrir todas las jaulas de los parques al arrebato de la primavera.
Me dejabas nada más que la llave o la ganzúa de la poesía.
Sentado en la baranda, contra el viento que llegaba de las Lipari
arrastrando un oleaje de garzas y de lilas tan cambiantes como un ojo de tigre,
me leías a Leopardi, Lucio Piccolo, Montale, Quasimodo y el Dante,
con una vibración de tierna mata, de rincón hechizado,
de último inventario, de cuchillo escondido, de llama que devora los infiernos,
mientras el arcángel Miguel convocaba las almas rezagadas en Bom Jesús de Matozinhos.
Paso a paso sobre la hierba húmeda, sobre las lajas rotas,
seguimos las etapas del Calvario y buscamos los nombres de nuestros antepasados
en las tumbas lavadas por el olvido y por la lluvia.
En el Paso de la Última Cena celebramos también tus bodas de oro
desde un mediodía que consagró los huesos del alba en cada plato
y bendijo las horas con aspersiones de topacios y amatistas,
sin que quisieras ver aún el rostro de tu Judas, grabado en tus entrañas.
Cada tarde te acompañé hasta el atrio
y acaricié tu nuca mientras removías la tierra de las plantas
o hacías penumbra en el altar mayor, sobre el Cristo yacente,
y dejabas caer la fatigada cabeza entre los brazos.
Me besabas la mano que aún conserva intacto ese hueco de musgo,
ese deslizamiento de césped recién cortado, esa felpilla de nostalgia.
A veces me mirabas ya desde tan lejos
como los ojos de Santa Lucía desde aquel misterioso antifaz caído en la bandeja.
Cuando me fui lloraste sin pudor, como los hombres rudos cuando lloran.
Te dejó por última vez en la estación, al lado de Isaías,
con la boca quemada por las brasas de las absoluciones,
pero tu voz me fue siguiendo con el relámpago escalofriante de los rieles.
Y aquí termina el viaje. Aquí donde se separan estos ríos,
y yo busco en mi libro unas palabras, una señal cualquiera, y respondes con Eliot:
Although I do not hope to turn again
although I do not hope
Although I do not hope to turn...
Sister, mother
and spirit of the river, spirit of the sea,
suffer me not be separed.
Y algo retumba, lejos: un ataud, el trueno, ruedas sobre guijarros.
Tu carruaje emplumado te lleva a sacudidas, con mis largos sollozos,
hacia la orilla donde te está esperando tu barquero,
desde tus sueños, desde mis pesadillas.
Entrégale las dieciséis monedas:
una por cada año que cayó compartido en la rota alcancía del recuerdo.
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Num. 10 de Mutaciones de la realidad (1979)

viernes, abril 04, 2008

Bloques al rojo, bloques en blanco

Los paisajes que alguna vez huyeron con alas espejeantes,
los rostros que no se condensaron contra las bocanadas de la niebla,
las casas que jamás habité
-sus puertas como trampas abiertas hacia afuera, junto a tantos exilios-,
todo lo que no fue reverbero de polvo girando en lo imposible,
sino que se desvaneció a un temblor de mi pie o a un vuelco de mi mano,
transforma extrañamente la distancia en la que se acumulan los paisajes,
lso rostros y las casas insolubles que me trajeron a este día.

Depósito irrisorio ese donde se acopian los telones como en un escenario de una ciega,
ese donde el destino desborda la memoria y se despliega
como un oleaje de ayer ya tan juzgado como las aguas del diluvio,
con su oleaje de nunca a salvo ya de toda absolución y de toda condena.

De lugar a lugar,
de criatura a criatura,
de encuentro a desencuentro,
se establecen los vínculos del huracán, el sueño y la demencia:
injertos de territorios arrancados a la topografía de terremotos y de nubes;
incrustaciones de recintos huecos en un solo recinto que se divide y que se multiplica sin poder olvidar;
alianzas entre seres tan distantes como el pájaro negro, como el pájaro blanco de los equinoccios,
unidos solamente por la fisura del adiós;
parentescos tramados sobre los labios de una herida,
sobre los bordes de un abismo en llamas,
sobre oquedades vueltas a colmar por las aéreas construcciones del alma.

De lugar a lugar,
de criatura a criatura,
de encuentro a desencuentro,
mis fundaciones se alzan con sus bloques al rojo, con sus bloques al blanco,
irreales como brasas engarzadas en hielo.

Porque no solamente sobre piedras se erigieron los reinos de este mundo,
sino también, y más, sobre las mordeduras del hambre y de la ausencia.

Mi historia, cada historia,
es un inmenso calco de los días vividos y de los días sin vivir:
relieves vacíos fraguados por igual en la sustancia de la consumación.
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Num. 9 de Mutaciones de la realidad (1979)

sábado, marzo 22, 2008

Traslación del sueño

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Venían a buscarme,
ellos,
los emisarios de la ciudad que graznan en las tinieblas
y acecha con los ojos encendidos las fisuras del alma.
Venían en sus altos carruajes enlutados desde el fondo del viaje,
más fatales que un túnel, que ayer o que la noche,
y huí como durmiendo por la cabellera del sueño en el jardín.
Me devoró la tierra,
me filtró entre sus napas,
me asestó, en sus urdidumbres lo mismo que a un puñal en las ávidas aguas.
Yo era como una estatua, pálidad entre las pálidas raíces,
incrustada en un bloque de mansedumbre ciega,
y no entendía el trueno secreto, ni los bulbos,
ni la respiración inmensa,
ni aquellos organismos afanosos como un hervor de insector en el panal de la penumbra.
A veces los espíritus menudos me llaman la reina o la extranjera.
A veces me confundían con un trozo de paisaje cautivo,
o una nube atrapada,
o una constelación oculta en la memoria de la idolatría.
No tenían otro cielo que un reverso de ausencias entre remotas ruedas,
y ningún despertar,
como no fueran unos pasos insomnes sobre el escalofrío de la hierba.
¿Velaban todavía mis perseguidores sus inútiles armas?
¿Y para quién entonces esta inerme victoria,
el precario trofeo invulnerable, sin porvenir y sin sentido?
Yo quería morir a plena muerte,
con un sol que se apaga y un cielo que se desliza o que se alcanza.
Trataba de ascender por la frágil nostalgia de las flores
remontando las lluvias palmo a palmo.
Pero estaba engarzada por los siglos en un espejo inmóvil:
el jardín me soñaba.
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Num. 8 de Mutaciones de la realidad (1979)

sábado, marzo 08, 2008

La realidad y el deseo

A Luis Cernuda
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La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.
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Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.
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La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.
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Num. 7 de Mutaciones de la realidad (1979)

jueves, febrero 21, 2008

Rehenes de otro mundo

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A Vincent van Gogh
A Antonin Artaud
A Jacobo Fijman
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Era un pacto firmado con la sangre de cada pesadilla,
una simulación de durmientes que roen el peligro en un hueso de insomnio.
Prohibido ir más allá.
Sólo el santo tenía la consigna para el túnel y el vuelo.
Los otros mordaza, las vendas y el castigo.
Entonces había que acatar a los guardianes desde el fondo del foso.
Había que aceptar las plantaciones que se pierden de visa al borde de los pies.
Había que palpar a ciegas las murallas que separan al huésped y al perseguidor.
Era la ley del juego en el salón cerrado:
las apuestas a medias hasta perder la llave
y unas puertas que se abren cuando ruedan los últimos dados de la muerte.
Y ellos se adelantaron de un salto hasta el final,
con sus altas coronas.
Quemaron los telones,
arrancaron de cuajo los árboles del bosque,
rompieron hasta el fondo las membranas para poder pasar.
Fue una chispa sagrada en el infierno,
la ráfaga de un cielo sepultado en la arena,
la cabeza de un dios que cae dando tumbos entre un rayo y el trueno.
Y después no hubo más.
Nada más que las llamas, el polvo y el estruendo,
iguales para siempre, cada vez.
Pero esa misma mano mordida por la trampa rozó la eternidad,
esa misma pupila trizada por la luz fue un fragmento del sol,
esas sílabas rotas en la boca fueron por un instante la palabra.
Ellos eran rehenes de otro mundo, como el carro de Elías.
Pero estaban aquí,
cayendo,

desasidos.

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Num. 6 de Mutaciones de la realidad (1979)