martes, mayo 30, 2006

Evangelina

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Duerme aquí Evangelina.
Su dulce tierra fue tan leve
que en un día cualquiera la invadieron los cielos.
En ningún corazón tatuó su nombre como en una corteza.
Ningún semblante amado se sumergió en la aureola de su sueño.
Alguien recuerda a veces vagamente su vestido celeste:
“Acaso es el color de esa estación brumosa que envolvió con sus gasas las altas alamedas...
o quizás el hechizo de algún cuento de infancia
donde había una barca abandonada llevando entre las noches de cierto aniversario
[unas pálidas flores por los ríos”.
Nadie lo sabrá nunca.
No es ésta la morada de ninguna memoria,
de ningún olvido.
Por eso aquí la hierba es sólo hierba,
pero hierba celeste.



Num. 14 de Las muertes (1952)

1 comentario:

Mauricio Ramirez dijo...

Hermoso poema, triste y sutil... Gracias por publicarlo